Fotografiar el espectáculo de Rocío Molina en La Aceitera supuso trabajar en un entorno pequeño, inmersivo y de 360 grados, donde la posición del fotógrafo condiciona directamente la imagen. No hay distancia posible: el espacio obliga a decidir desde dónde mirar y asumir las limitaciones como parte del lenguaje.
La ubicación permitida marca el encuadre, la profundidad y la relación con el público. En este contexto, la sombra de los espectadores se convierte en un elemento más de la fotografía, integrándose en la escena y reforzando la sensación de presencia y cercanía. Un trabajo donde el espacio, el cuerpo y la mirada dialogan en tiempo real.


































